Una palabra extirpada de los pensamientos, un pensamiento obstruido en una idea que deriva de una palabra.
El tiempo que arrasa con todo,
y contigo,
y conmigo.
Y entonces niebla, un velo superpuesto a la visión, y después nada. Aquello que consume de fuera a dentro al tomar consciencia de ello, de la realidad latente bajo nuestros pies y sobre nuestras cabezas, en un cielo que existirá si se quiere ver, si se es capaz de ver.
Caminar, detenerse y respirar. Otro trago más, qué más da, perdemos nuestras almas dejándolas al cuidado de terceras personas, con los ojos vendados y el león tras nuestro. Tiene garras y dientes, y desgarra pero aceptamos que está ahí y por un momento pensamos que si no nos dañó hasta el momento no lo hará más adelante.
Pero lo hace.
Después de todo, eso también nos hace sentirnos más humanos, saber que existimos cuando cosas malas deciden suceder, darnos cuenta de que seguimos vivos justo antes de dar una bocanada de aire y saltar de la ventana.
Puedo ascender, subir, para solo darme cuenta de que me estoy cayendo.
Mentes atrincheradas entre cuatro paredes que se ciernen sobre ellas, y que nunca dejan de avanzar. ¿Qué se supone que hago yo con las emociones desbordadas? Quisiera ser capaz de arrancarme la piel, de vaciarme entera y dejar nada.
Días malos, malas etapas. No querer perderse por temor a encontrarse. No creer en nada, creer en todo. De no haber vivido nada y todo, pero al mismo tiempo. Quererlo todo y no arrepentirse por nada. Por mirarte cuando me evitas y evitarte al mirarme tú.
Lugar erróneo.
Visitas al pasado, consumo de sueños estando despierto, pastillas de verdad embotellada, estupidez como menú para cenar a partir de las 2 de la mañana. Por temor a una apología en mi cabeza sobre lo que debería hacer, y no hago. Por miedo al "pero" que anula todo aquello que se prometió detrás. Bendita felicidad atada a las vías del tren. Bendita locura. Bendito dolor vivido entre las dulces agonías por el ansia de intentar vivir.
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