Las mejores historias se escriben sin saber que serán escritas, sin saber que algún día llegará cualquier desconocido para ponerle el punto y final. La inspiración llega mejor con lágrimas en los ojos, ya sean de puro odio o de envenenada felicidad, las mejores palabras tiñen las hojas con los horarios desordenados y no de golpe. Y cada día, de estación en estación, un poco más, un poco menos, un inicio de más y un final de menos:
Me gusta darle un sentido profundo a cada detalle superficial, e inventarme películas interminables con ellos. Puedes ser el instante atrapado en la estela que deja el segundo, el obstáculo que dificulta las horas y la lluvia que ahoga los días enteros, consumidos desde un tren a las primeras luces del ocaso, al nacimiento del atardecer. Tú puedes jugar a serlo todo, no te preocupes, yo te dejaré. Invirtamos el presente para no tener que colisionar contra el futuro ni colapsar con el pasado.
Tranquilo, no has sido el primero en romperme el corazón, sin embargo sí has sido el primero en hacerlo a sabiendas.
Quise llenar mis palabras de silencio y sin quererlo me he visto convertida en el significado que da una mirada vacía, fuimos humo. Quise imaginarte a base de metáforas para no tener que hacer a tu alma un símil con la mía, por miedo, no lo sé. Quise crearte en cada pedazo que se escapa de un pensamiento expirado, te recorrí con historias reinventadas para evitar el tener que empezar de cero.
No fuiste uno de mis comienzos, sino protagonizaste uno de mis múltiples finales, de esos que te encuentras enfrentado contra tu propios recuerdos. Quise ser solo presente.
Y aquí nos volvemos a ver las caras. viejo yo escondido tras el calor de agosto, otra vez al principio, ¿eh? Típico final pero sin gatos.
¿Cómo hacemos para quedarnos siempre a solas agosto y yo? Agonizantes los dos, terminales, moribundos, en un último atardecer desangrado. Y la sangre, la tuya y la mía, al parecer ambos tenemos demasiada, tráfico en la antigua autovía donde las emociones se atascan cada madrugada a las tres en punto, volviendo siempre de la gran ciudad.
Respira mi tristeza y ahoga mi insomnio ocasional, ese que a veces se acuerda de mí también y viene a lanzar rocas a mi ventana abierta.
Y de nuevo el frío que te revienta la cara al salir a la calle, y las miradas caleidoscópicas de la gente, y el asfalto ebrio, y el olor árido, y las sonrisas de los bares a medianoche se pierden con nosotros. Y tú, amigo mío, has empaquetado todo esto, has venido rellenando cada resquicio de mi verano y lo has enterrado todo a tres metros bajo tierra. Nos has enterrado vivos y sin plano de vuelta.
Porque al final, eso somos las personas, veranos nostálgicos (enterrados) a finales de noviembre.
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